Manipulación


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El siguiente texto ha sido tomado de: www.inteligencia-emocional.org

El uso del término ‘manipulador’ no es despectivo en absoluto. Es descriptivo. Se refiere a alguien que constantemente ejerce demasiado control o lo hace en los momentos inapropiados: alguien que necesita estar a cargo, que no puede soltar. En otras palabras, alguien incapaz de retener con la mano abierta cuando es necesario o preferible hacerlo.

En realidad, la mayoría de nosotros podemos convertirnos en manipuladores en las circunstancias adecuadas. Algunos lo escondemos mejor que otros, y otros emplean tácticas tan pasivas, indirectas o elegantemente sutiles que no se los reconoce por lo que son. Pero en un momento u otro, casi todos hemos permitido que nos gane nuestra necesidad de control.

A medida que se desarrollan los relatos sobre gerentes entrometidos, cónyuges malhumorados, padres autoritarios, amantes manipuladores y compañeros de trabajo intimidantes, se hacía evidente que el término ‘manipulador’ no solamente resuena como algo conocido, sino que además ‘toca el nervio’.

Los manipuladores pueden ser tan hábiles, que sus dobles vínculos, mensajes confusos y artilugios pueden ser tan sutiles que uno ni siquiera se da cuenta de que lo están manipulando hasta después de ocurrido el hecho.

En el mejor de los casos, la conducta de control extremo es desconcertante. El hecho de interactuar con un manipulador puede dejarlo a uno sintiéndose enojado, frustrado, resentido o agredido. Nada parece detenerlos. Chocar contra un muro de ladrillos no los contiene. No los disuade el estar pisoteando a la gente, incluso a aquellos que aman. Ellos deben obligar al otro a seguir el plan de su juego. Deben conseguir que el otro esté de acuerdo con ellos o bien quitarlo del camino. Para la mayoría de los manipuladores, no es asunto de elección. Funcionan por hábito más que por preferencia o necesidad y sienten que tienen éxito, seguridad, autovalía o tranquilidad únicamente si son ellos los que deciden los tantos.

Uno debe estar constantemente en guardia para detectar la observación cortante, la crítica sutil, la mirada desaprobadora. Uno siempre tiene que estar alerta ante el amigo o el cónyuge que siempre está buscando el modo de apoderarse de un poquito más que lo que les corresponde.

Los manipuladores son incapaces de parar. En esencia, son adictos al control. Han perdido el control de su impulso de controlar, de manera muy similar a como otros adictos pierden el control sobre su necesidad de alcohol, drogas, comida o sexo. A cualquier costo y sin tener en cuenta las consecuencias, los manipuladores bregarán por satisfacer su imperioso, intenso y siempre presente deseo de control (o ilusión de control). Sencillamente, jamás caen en la cuenta de que su control constante puede estar haciéndoles más mal que bien.

Las personas que mueven nuestros hilos y pulsan nuestras teclas también pueden fascinarnos y encantarnos. Pueden ser coherentes y divertidos, inteligentes y de éxito. Durante una crisis, podemos verdaderamente hasta sentirnos agradecidos por su actitud de ‘tomar el mando’.

Muchos individuos de gran éxito se refieren a sí mismos como manipuladores, y lo hacen con orgullo. Están convencidos de que no estarían en el lugar que ocupan actualmente si hubieran funcionado de otra manera, y tal vez estén en lo cierto. Los admiramos, respetamos y quizá hasta querríamos parecernos un poco más a esos individuos que tomar al toro por las astas, saben exactamente lo que quieren, van tras ello, y no permiten que nada se interponga en su camino.

Las situaciones de estrés también pueden disparar la conducta manipuladora en ciertas personas. La enfermedad de un hijo, la inminente visita de parientes políticos muy criticones, la perspectiva de coordinar una gran conferencia o simplemente el temor a perder una relación importante, ha hecho que un manipulador tapado se salga de madre.

Un niño es un manipulador (todos los niños pequeños lo son; es parte de su oficio). Sus métodos, si bien no son especialmente agradables, son directos: cuando no consigue lo que quiere, llora, patalea, se revuelca, tal vez tire algo de yogur. Y seguirá intentando salirse con la suya hasta que se canse o hasta que se distraiga.

Casi nadie es absolutamente de una manera, y casi nadie está libre de esos modelos. Los manipuladores son a la vez manipulados y los manipulados ejercen control. Parece que hay algo de manejado y algo de manejador en la mayoría de nosotros, algo que está esperando para manifestarse cuando se pulsan las teclas adecuadas. Por otra parte, haciendo un análisis más profundo, la distinción misma entre controlar y amoldarnos al control empieza a desvanecerse en los bordes.

Aun cuando los manipuladores que hay en su vida no cambien, absolutamente en nada, uno mismo puede cambiar lo suficiente como para impedirles que lo afecten con tanta facilidad, tanta frecuencia o con tanta intensidad.

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